Detrás de los números y las estadísticas, están siempre las personas. No basta con hacer constar, como ocurrió hace pocas semanas en los medios de comunicación, que ocho niños de comunidades aborígenes murieron en Salta por deshidratación. No se trata de achacarle al verano la responsabilidad de muertes que se produjeron por causa de esa terrible alianza entre pobreza, faltas culturales, hambre y abandono del Estado provincial cuyo denominador común es la desnutrición infantil.