Detrás de los números y las estadísticas, están siempre las personas. No basta con hacer constar, como ocurrió hace pocas semanas en los medios de comunicación, que ocho niños de comunidades aborígenes murieron en Salta por deshidratación. No se trata de achacarle al verano la responsabilidad de muertes que se produjeron por causa de esa terrible alianza entre pobreza, faltas culturales, hambre y abandono del Estado provincial cuyo denominador común es la desnutrición infantil.
En nuestro país el drama de la desnutrición se ahonda a medida que pasa el tiempo. No fue sólo Salta la provincia afectada; apenas unos meses antes ya había habido muertes de niños en Chaco, Formosa y Misiones, pero este fenómeno está cubriendo prácticamente todo el país y se registraron muertes hasta en el conurbano bonaerense y la ciudad de Buenos Aires.
¿Es posible que esto suceda en el país que sigue siendo el granero del mundo, cuya producción podría dar de comer cómodamente a 400 millones de personas, pero no alcanza para nutrir al sector más indefenso y necesitado de una sociedad de sólo 40 millones de habitantes, como son los niños?
Sin embargo, el dolor y el desconcierto que esta dura realidad nos impone no pueden obligarnos a que nos demos por vencidos. La comunidad argentina debe unirse para reclamar en todas las formas posibles que el hecho de ser una sociedad democrática y legalmente constituida le permiten. Por ejemplo, exigiendo que se traten ahora en el Congreso los dos proyectos sobre distribución de alimentos que lamentablemente siguen cajoneados desde el año pasado. Uno de ellos, por ejemplo, busca en realidad reflotar la ley Donal, ley nacional del régimen especial para la donación de alimentos (más conocida como del buen samaritano), cuyo artículo 9 fue vetado en 2004 por el gobierno del entonces presidente Néstor Kirchner y que, desde entonces, está en un vacío legal.
Hay otras formas de ayudar, por ejemplo acudir como voluntario o a través de las donaciones a las entidades que desde el ámbito de la sociedad civil aúnan esfuerzos para paliar este mal creciente. Allí están organizaciones como el primer Centro de Desarrollo Comunitario, la Red de Bancos de Alimentos, Conin, el Programa Nutrir, Cáritas, entre muchas otras, que pueden coordinar los esfuerzos de todos aquellos argentinos que individualmente deseamos ayudar, con alimentos o con la fuerza de nuestro voluntariado, a que el hambre y la desnutrición sean en nuestro país muy pronto sólo una pesadilla de la que pudimos por fin despertar.


